Por Dra. Mónica Rodríguez
Movimiento Vive
vive_trujillo@hotmail.com
La dignidad de la mujer y su vocación, han sido objeto constante de la reflexión humana y cristiana. Nuestra Iglesia católica no ha permanecido ajena a estos temas como lo demuestran, entre otras cosas, dos documentos escritos por el entonces Papa Juan Pablo II.
Encíclica Mulieris Dignitatem (Vaticano, 15 de agosto de 1988)
En esta encíclica que fuera escrita con motivo del “Año Mariano”, Juan Pablo II nos hace recordar que Dios creó al hombre a su "imagen y semejanza", este principio constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana. "Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Gen 1, 27).
Este conciso fragmento contiene las verdades antropológicas fundamentales: el hombre es el ápice de todo lo creado en el mundo visible, y el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona la obra de la creación; ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios. Por lo tanto a ambos seres les corresponde la misma dignidad.
En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por Dios "de la costilla" del hombre y es puesta como otro "yo", es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una "ayuda" adecuada a él. La mujer, llamada así a la existencia, es reconocida inmediatamente por él como "carne de su carne y hueso de sus huesos" (cf. Gen 2,25) y por eso es llamada "mujer".
Carta a las Mujeres (Vaticano, 29 de junio de 1999)
Escrita también por SS Juan Pablo II con motivo de la realización de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que se realizó en Pekín en el año 1995. El quería expresar que la Iglesia no permanece alejada, ni ignora la realidad en la que muchas mujeres se ven obligadas a vivir, situaciones de desigualdad, de injusticia, de explotación o discriminación, forzadas a vivir en medio de la violencia familiar o mundial.
El objetivo de esta carta es dar gracias. « La Iglesia —escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem— desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el "misterio de la mujer" y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las "maravillas de Dios", que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella ». Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.
“Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto en una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.”
La NATURALEZA de la mujer es distinta a la del hombre porque tiene su lado emocional más desarrollado, no es que la mujer sea por naturaleza mejor que el hombre ni menos que él, sólo somos dos tipos de seres distintos que han sido creados por Dios con el fin de complementarse, ayudarse; somos seres iguales en dignidad, pero con características personales tan distintas y propias.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario