(II PARTE)
Por María del Rocío Soto Narváez
La Actividad económica y la justicia social:
“Dios los bendijo, diciéndoles: Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar…” Gén 1, 28
La vida económica está ordenada ante todo al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana, no tiende solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o poder.
Esta actividad debe realizarse, por tanto, dentro de los límites del orden moral, según la justicia social, para responder al plan de Dios sobre el hombre.
El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar la obra de la creación, dominando la tierra ( Gen. 1, 28: constituyéndose el trabajo en un deber. ( 2 Tes 3, 10 : “…Si alguien no quiere trabajar, que no coma”).
El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y destinatario, por tanto el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo.
El trabajo honra los dones de Dios y los talentos recibidos. Mediante el trabajo la persona ejerce una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza y puede usar legítimamente de sus talentos para contribuir al provecho de todos (bien común) y recoger el fruto de su esfuerzo, ejerciendo su derecho a iniciativa económica.
El trabajo también puede ser redentor: soportando el peso del trabajo en unión con Jesús carpintero y redentor. El trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo.
La responsabilidad del Estado radica en garantizar la seguridad de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y por tanto se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente; y vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos en el sector económico. Las empresas están obligadas a considerar el bien de las personas y no sólo el aumento de ganancias.
El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación por ningún motivo.
El salario justo es fruto legítimo del trabajo, la negación o retención de este puede ser un grave injusticia. “El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual…” (GS 67,2) . Pueden haber llegado a un acuerdo ambas partes, pero este acuerdo no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.
La huelga es moralmente legítima cuando constituye un recurso inevitable o necesario para obtener un beneficio proporcionado. Es inaceptable cuando está acompañada de violencias, está contra el bien común o cuando se realiza en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones del trabajo.
La privación de empleo a causa de la huelga es un atentado contra la dignidad de la víctima y una amenaza para el equilibrio de su vida.
domingo, 19 de septiembre de 2010
PADRES APOSTOLICOS DE LA IGLESIA

SAN IRINEO DE LYON EN LOS ALBOROS DE LA IGLESIA DE JESUCRISTO
Por Dany Alvarez F.
Dentro las grandes figuras de la Iglesia de los primeros siglos encontramos a San Irineo de Lyon, eminente personalidad reconocido como uno de los Padres Apostólicos de la Iglesia
Ireneo nació en Esmirna (hoy Izmir, Turquía) entre los años 135 y 140, fue alumno del obispo Policarpo, quien a su vez era discípulo del apóstol Juan. No sabemos cuándo se transfirió de Asia Menor a Galia, pero la mudanza debió coincidir con los primeros desarrollos de la comunidad cristiana de Lyon: va al colegio de los presbíteros.
Ese año fue enviado a Roma para llevar una carta de la comunidad de Lyon al Papa Eleuterio. La misión romana evitó a Ireneo la persecución de Marco Aurelio, en la que cayeron al menos 48 mártires, entre los que se encontraba el mismo obispo de Lyon, Potino, de noventa años, fallecido a causa de los malos tratos en la cárcel. A su regreso, Ireneo fue elegido obispo de la ciudad. El nuevo pastor se dedicó totalmente al ministerio episcopal, que se concluyó hacia el año 202-203, quizá con el martirio.
Ireneo es ante todo un hombre de fe y un pastor. Del buen pastor tiene la prudencia, la riqueza de doctrina, el ardor misionero. Como escritor, busca un doble objetivo: defender la verdadera doctrina de los asaltos de los herejes, y exponer con claridad la verdad de la fe. A estos dos objetivos responden exactamente las dos obras que nos quedan de él: los cinco libros «Contra las herejías» y «La exposición de la predicación apostólica», que puede ser considerada también como el «catecismo de la doctrina cristiana» más antiguo. Ireneo es el campeón de la lucha contra las herejías.
Irineo se presenta como el primer gran teólogo de la Iglesia, que creó la teología sistemática; él mismo habla del sistema de la teología, es decir, de la coherencia interna de toda la fe. En el centro de su doctrina está la cuestión de la «regla de la fe» y de su transmisión. Para Ireneo la «regla de la fe» coincide en la práctica con el «Credo» de los apóstoles, y nos da la clave para interpretar el Evangelio, para interpretar el Credo a la luz del Evangelio. El símbolo apostólico, que es una especie de síntesis del Evangelio, nos ayuda a comprender lo que quiere decir, la manera en que tenemos que leer el mismo Evangelio.
De hecho, el Evangelio predicado por Ireneo es el que recibió de Policarpo, obispo de Esmirna, y el Evangelio de Policarpo se remonta al apóstol Juan, de quien Policarpo era discípulo. De este modo, la verdadera enseñanza no es la inventada por los intelectuales, superando la fe sencilla de la Iglesia. El verdadero Evangelio es el impartido por los obispos que lo han recibido gracias a una cadena interrumpida que procede de los apóstoles. Éstos no han enseñado otra cosa que esta fe sencilla, que es también la verdadera profundidad de la revelación de Dios. De este modo, nos dice Ireneo, no hay una doctrina secreta detrás del Credo común de la Iglesia. No hay un cristianismo superior para intelectuales. La fe confesada públicamente por la Iglesia es la fe común de todos. Sólo es apostólica esta fe, procede de los apóstoles, es decir, de Jesús y de Dios.
Al adherir a esta fe transmitida públicamente por los apóstoles a sus sucesores, los cristianos tienen que observar lo que dicen los obispos, tienen que considerar específicamente la enseñanza de la Iglesia de Roma, preeminente y antiquísima. Esta Iglesia, a causa de su antigüedad, tiene la mayor apostolicidad: de hecho, tiene su origen en las columnas del colegio apostólico, Pedro y Pablo. Con la Iglesia de Roma tienen que estar en armonía todas las Iglesias, reconociendo en ella la medida de la verdadera tradición apostólica, de la única fe común de la Iglesia
Irineo se preocupa por ilustrar el concepto genuino de Tradición apostólica, que podemos resumir en tres puntos.
a) La Tradición apostólica es «pública», no privada o secreta. Para Ireneo no hay duda alguna de que el contenido de la fe transmitida por la Iglesia es el recibido de los apóstoles y de Jesús, el Hijo de Dios. No hay otra enseñanza. Por tanto, a quien quiere conocer la verdadera doctrina le basta conocer «la Tradición que procede de los apóstoles y la fe anunciada a los hombres»: tradición y fe que «nos han llegado a través de la sucesión de los obispos» («Contra las herejías» 3, 3 , 3-4). De este modo, coinciden sucesión de los obispos, principio personal, Tradición apostólica y principio doctrinal.
b) La Tradición apostólica es «única». Mientras el gnosticismo se divide en numerosas sectas, la Tradición de la Iglesia es única en sus contenidos fundamentales que, como hemos visto, Ireneo llama «regula fidei» o «veritatis»: y dado que es única, crea unidad a través de los pueblos, a través de las diferentes culturas, a través de pueblos diferentes; es un contenido común como la verdad, a pesar de las diferentes lenguas y culturas. Hay una expresión preciosa de San Ireneo en el libro «Contra las herejías»: «La Iglesia que recibe esta predicación y esta fe [de los apóstoles], a pesar de estar diseminada en el mundo entero, la guarda con cuidado, como si habitase en una casa única; cree igualmente a todo esto, como quien tiene una sola alma y un mismo corazón; y predica todo esto con una sola voz, y así lo enseña y trasmite como si tuviese una sola boca. Pues si bien las lenguas en el mundo son diversas, única y siempre la misma es la fuerza de la tradición. Las iglesias que están en las Germanias no creen diversamente, ni trasmiten otra cosa las iglesias de las Hiberias, ni las que existen entre los celtas, ni las de Oriente, ni las de Egipto ni las de Libia, ni las que están en el centro del mundo»
c) Por último, la Tradición apostólica es como él dice en griego, la lengua en la que escribió su libro, «pneumática», es decir, espiritual, guiada por el Espíritu Santo: en griego, se dice «pneuma». No se trata de una transmisión confiada a la capacidad de los hombres más o menos instruidos, sino al Espíritu de Dios, que garantiza la fidelidad de la transmisión de la fe. Esta es la «vida» de la Iglesia, que la hace siempre joven, es decir, fecunda de muchos carismas. Iglesia y Espíritu para Ireneo son inseparables.
“Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia”.
Según su enseñanza, la fe de la Iglesia debe ser transmitida de manera que aparezca como tiene que ser, es decir, «pública», «única», «pneumática», «espiritual». A partir de cada una de estas características, se puede llegar a un fecundo discernimiento sobre la auténtica transmisión de la fe en el hoy de la Iglesia.
San Ireneo, discípulo de san Policarpo, fue Obispo de Lyon. Ireneo era sobre todo un Pastor, que expuso y defendió con claridad la verdad de la fe, en particular frente a las sectas gnósticas. Preocupado por la cuestión de la «regla de la fe», y su transmisión, Ireneo afirmaba que aquella coincide con el «Credo» de los Apóstoles, transmitido a los Obispos y a sus sucesores. Así, la enseñanza verdadera la imparten los Obispos que la han recibido a través de una Tradición constante. Destaca la enseñanza de la Iglesia de Roma, cuya apostolicidad se remonta a Pedro y Pablo. Para Ireneo la Tradición apostólica es pública, no privada o secreta. El contenido de la fe se recibe de los Apóstoles, de ahí la importancia de la "sucesión apostólica". Además, la Tradición apostólica es única, con el mismo contenido fundamental en todas partes. Finalmente, la transmisión de la Tradición apostólica no depende de la capacidad de hombres más o menos doctos, sino del Espíritu Santo. Esto hace que la Iglesia sea una realidad siempre viva y joven, enriquecida con múltiples carismas.
LA IGLESIA CATÓLICA Y LA MUJER
Por Dra. Mónica Rodríguez
Movimiento Vive
vive_trujillo@hotmail.com
La dignidad de la mujer y su vocación, han sido objeto constante de la reflexión humana y cristiana. Nuestra Iglesia católica no ha permanecido ajena a estos temas como lo demuestran, entre otras cosas, dos documentos escritos por el entonces Papa Juan Pablo II.
Encíclica Mulieris Dignitatem (Vaticano, 15 de agosto de 1988)
En esta encíclica que fuera escrita con motivo del “Año Mariano”, Juan Pablo II nos hace recordar que Dios creó al hombre a su "imagen y semejanza", este principio constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana. "Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Gen 1, 27).
Este conciso fragmento contiene las verdades antropológicas fundamentales: el hombre es el ápice de todo lo creado en el mundo visible, y el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona la obra de la creación; ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios. Por lo tanto a ambos seres les corresponde la misma dignidad.
En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por Dios "de la costilla" del hombre y es puesta como otro "yo", es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una "ayuda" adecuada a él. La mujer, llamada así a la existencia, es reconocida inmediatamente por él como "carne de su carne y hueso de sus huesos" (cf. Gen 2,25) y por eso es llamada "mujer".
Carta a las Mujeres (Vaticano, 29 de junio de 1999)
Escrita también por SS Juan Pablo II con motivo de la realización de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que se realizó en Pekín en el año 1995. El quería expresar que la Iglesia no permanece alejada, ni ignora la realidad en la que muchas mujeres se ven obligadas a vivir, situaciones de desigualdad, de injusticia, de explotación o discriminación, forzadas a vivir en medio de la violencia familiar o mundial.
El objetivo de esta carta es dar gracias. « La Iglesia —escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem— desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el "misterio de la mujer" y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las "maravillas de Dios", que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella ». Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.
“Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto en una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.”
La NATURALEZA de la mujer es distinta a la del hombre porque tiene su lado emocional más desarrollado, no es que la mujer sea por naturaleza mejor que el hombre ni menos que él, sólo somos dos tipos de seres distintos que han sido creados por Dios con el fin de complementarse, ayudarse; somos seres iguales en dignidad, pero con características personales tan distintas y propias.
Movimiento Vive
vive_trujillo@hotmail.com
La dignidad de la mujer y su vocación, han sido objeto constante de la reflexión humana y cristiana. Nuestra Iglesia católica no ha permanecido ajena a estos temas como lo demuestran, entre otras cosas, dos documentos escritos por el entonces Papa Juan Pablo II.
Encíclica Mulieris Dignitatem (Vaticano, 15 de agosto de 1988)
En esta encíclica que fuera escrita con motivo del “Año Mariano”, Juan Pablo II nos hace recordar que Dios creó al hombre a su "imagen y semejanza", este principio constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana. "Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Gen 1, 27).
Este conciso fragmento contiene las verdades antropológicas fundamentales: el hombre es el ápice de todo lo creado en el mundo visible, y el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona la obra de la creación; ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios. Por lo tanto a ambos seres les corresponde la misma dignidad.
En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por Dios "de la costilla" del hombre y es puesta como otro "yo", es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una "ayuda" adecuada a él. La mujer, llamada así a la existencia, es reconocida inmediatamente por él como "carne de su carne y hueso de sus huesos" (cf. Gen 2,25) y por eso es llamada "mujer".
Carta a las Mujeres (Vaticano, 29 de junio de 1999)
Escrita también por SS Juan Pablo II con motivo de la realización de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que se realizó en Pekín en el año 1995. El quería expresar que la Iglesia no permanece alejada, ni ignora la realidad en la que muchas mujeres se ven obligadas a vivir, situaciones de desigualdad, de injusticia, de explotación o discriminación, forzadas a vivir en medio de la violencia familiar o mundial.
El objetivo de esta carta es dar gracias. « La Iglesia —escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem— desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el "misterio de la mujer" y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las "maravillas de Dios", que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella ». Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.
“Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto en una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.”
La NATURALEZA de la mujer es distinta a la del hombre porque tiene su lado emocional más desarrollado, no es que la mujer sea por naturaleza mejor que el hombre ni menos que él, sólo somos dos tipos de seres distintos que han sido creados por Dios con el fin de complementarse, ayudarse; somos seres iguales en dignidad, pero con características personales tan distintas y propias.
ARMAS CONTRA SATANÁS
En Efesios capítulo Seis (Ef. 6, 10-18) San Pablo nos invita a defendernos del maligno..
“Revestíos de la armadura de Dios …”
El malo es muy inteligente y usa la mentira como rayo láser potente, nos odia, así lo dice Jesús en Juan 8, 44 pero Jesús lo venció y nos habla al respecto Mt. 17, 21
San Pablo nos recuerda: “Si Dios está con nosotros, ¿Quién contra nosotros?” (Rom. 8, 31) 1 Co. 15, 57-58
ARMAS
1. VIDA DE GRACIA.- Procurar vivir sin estar esclavizados al maligno por el pecado mortal como hábito. Si uno cae, arrepentido ir a confesarse y enmendarse.
2. LA ORACIÓN.- Es imprescindible, lo mismo el ayuno como nos advierte el Señor (Mt. 17, 21). Dentro de este tema: la señal de la Cruz (tres veces), invocar con Fe valiente el poder de la Sangre de Cristo, el poder del Nombre de Jesús y del Espíritu Santo. Por ejemplo:
“Señor cúbreme a mí y a mi familia y a los presentes con tu Sangre bendita y protégenos de todo poder del maligno”
Invocar a la Santísima Virgen, el Magnificat, invocar al Ángel de la Guarda pedirle que nos ayude a alabar a Jesús y María para salvación: “Jesús, María os amo, salvad almas”
La Coronilla del Señor de la Misericordia, invocar a San Miguel Arcángel.
3. VIVIR ¡ALERTA! Y pidiendo al Señor para no caer en tentación.
4. Evitar las personas, lecturas, contra la Fe, contra la moral, videos, películas…
5. VIDA DE PUREZA de cuerpo y alma
6. PARTICIPAR CON FE Y AMOR de los sacramentos de la confesión (reconciliación) y de la Eucaristía con frecuencia.
7. EL SANTO ROSARIO que es el resumen del Evangelio, el recuerdo vivo de la Encarnación en cada Ave María y nuestra unión con Jesús orando la plegaria más perfecta que pueda subir al Trono de Dios, el Padre Nuestro.
A Satanás no le gusta que oremos, porque odia a Dios y a todo lo que Dios ama (a Ud.)
“Revestíos de la armadura de Dios …”
El malo es muy inteligente y usa la mentira como rayo láser potente, nos odia, así lo dice Jesús en Juan 8, 44 pero Jesús lo venció y nos habla al respecto Mt. 17, 21
San Pablo nos recuerda: “Si Dios está con nosotros, ¿Quién contra nosotros?” (Rom. 8, 31) 1 Co. 15, 57-58
ARMAS
1. VIDA DE GRACIA.- Procurar vivir sin estar esclavizados al maligno por el pecado mortal como hábito. Si uno cae, arrepentido ir a confesarse y enmendarse.
2. LA ORACIÓN.- Es imprescindible, lo mismo el ayuno como nos advierte el Señor (Mt. 17, 21). Dentro de este tema: la señal de la Cruz (tres veces), invocar con Fe valiente el poder de la Sangre de Cristo, el poder del Nombre de Jesús y del Espíritu Santo. Por ejemplo:
“Señor cúbreme a mí y a mi familia y a los presentes con tu Sangre bendita y protégenos de todo poder del maligno”
Invocar a la Santísima Virgen, el Magnificat, invocar al Ángel de la Guarda pedirle que nos ayude a alabar a Jesús y María para salvación: “Jesús, María os amo, salvad almas”
La Coronilla del Señor de la Misericordia, invocar a San Miguel Arcángel.
3. VIVIR ¡ALERTA! Y pidiendo al Señor para no caer en tentación.
4. Evitar las personas, lecturas, contra la Fe, contra la moral, videos, películas…
5. VIDA DE PUREZA de cuerpo y alma
6. PARTICIPAR CON FE Y AMOR de los sacramentos de la confesión (reconciliación) y de la Eucaristía con frecuencia.
7. EL SANTO ROSARIO que es el resumen del Evangelio, el recuerdo vivo de la Encarnación en cada Ave María y nuestra unión con Jesús orando la plegaria más perfecta que pueda subir al Trono de Dios, el Padre Nuestro.
A Satanás no le gusta que oremos, porque odia a Dios y a todo lo que Dios ama (a Ud.)
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