
Por María del Rocío Soto Narváez
“Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues Yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt. 5, 27-28)
LA CASTIDAD es la virtud que promueve el uso ORDENADO de la sexualidad, en el amor personal. Dicho de otra forma, es una fuerza integradora que hace que los impulsos de la propia sexualidad se ordenen en vista a lograr un amor más perfecto. Significa por tanto la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual.
La castidad como fuerza integradora no se limita sólo a un comportamiento externo, sino que es una actitud que nace del interior del hombre: se manifiesta en la manera de pensar, de mirar, de sentir, de amar (Mc. 7,20-23).
Es una virtud que hace honor al ser humano y lo capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso de los demás. La castidad es amor. Sin amor no hay castidad. Es el pilar fundamental del verdadero amor porque promueve la plenitud del amor. Dios no quiere que se renuncie a amar, pero sí que se renuncie a un amor DESORDENADO E INMORAL.
La castidad es armonía, equilibrio, amor y control de uno mismo, por eso es necesaria la FUERZA DE VOLUNTAD. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí mismo: o se controlan las pasiones y se obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. Sin fuerza de voluntad es imposible la castidad. Los que buscan siempre lo fácil, lo cómodo, lo light nunca serán castos y arrastrarán en su vida las consecuencias negativas de una conducta desordenada e inmoral. El dominio de sí es una obra que dura toda la vida, supone un esfuerzo reiterado en todas las etapas de la vida, especialmente en la infancia y adolescencia.
La castidad también es un regalo de Dios que debemos pedirle todos los días. Los medios para guardar la castidad son el conocimiento de sí (¿cómo soy, cuáles son mis debilidades?), la práctica de la ascesis(al dominar los sentidos), la obediencia a los Mandamientos (todo pecado contra el sexto y noveno mandamiento es mortal), la práctica de virtudes morales (como la templanza), la fidelidad a la oración (para pedirle a Dios que nos regale esta virtud).
La castidad representa una tarea eminentemente personal, igualmente implica un esfuerzo cultural, supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el de recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana.
La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.
La castidad es por tanto una virtud moral, un don de Dios, una gracia, un fruto del trabajo espiritual.
La virtud de la castidad se desarrolla y se expresa especialmente en la amistad con el prójimo.
La castidad se cultiva a lo largo de la vida y en todos los estados de vida: matrimonio y celibato, puesto que todo bautizado es llamado a la castidad. Unos, en la virginidad o en el celibato consagrado, para dedicarse a Dios con un corazón indiviso; otros, según sean casados (castidad conyugal) o célibes (castidad en la continencia).
Los sacerdotes, religiosos y religiosas (consagrados) no renuncian al amor sino que subliman su amor para darlo al mundo, por ello si el consagrado(a) no está enamorado(a) de Dios, si no está centrado(a) en el Amor, no podrá ser fiel a su vocación.
Para los casados la castidad es el uso ordenado y amoroso del sexo, evitando toda infidelidad y todo aquello que manche el acto matrimonial con actos contra natura o abusando del otro, como si fuera un objeto. Es la castidad conyugal la que facilita el respeto de las leyes y ritmos naturales de fecundidad, que Dios ha dispuesto con sabiduría para que los matrimonios puedan disponer la regulación de su fertilidad sin trasgredir la ley de Dios.
Para los novios la castidad en la continencia implica un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios, reservando para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura propias del amor conyugal.
Las ofensas a la castidad son:
La lujuria: Deseo o goce desordenado del placer venéreo o carnal.
Masturbación: Excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener placer carnal o venéreo.
Fornicación: Unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio.
Pornografía: Dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada.
Prostitución: Atenta contra la dignidad porque la persona es convertida en objeto para la satisfacción del deseo, la sexualidad es ejercida sin amor y el cuerpo convertido en mercancía.
Violación: Forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de la persona.
“¿No saben ustedes que son Templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”(1 Cor.3, 16)
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